Conciencia ética en el ámbito familiar, profesional e investigativo
Introducción
Hablar de ética es manejar un concepto resbaladizo y, en ocasiones, inasequible. Pocas veces lo entendemos pero en cada decisión que tomamos, estamos expresando nuestra posición al respecto. Cada acto de nuestras vidas, por simple que pueda parecernos, refleja cómo hemos asimilado la ética en nuestro día a día, aunque el término nos sea inefable. En este contexto, adquirir conciencia ética resulta casi utópico, pues si no tenemos una noción clara ni de lo que es la ética, menos podremos reconocerla en nuestro comportamiento, interiorizarla y dirigirla de manera explícita. Empero, no estamos condenados a la inconsciencia y la relación costo-beneficio de hacer el esfuerzo de conectarnos con nosotros mismos y con nuestras ideas, nos revela que la energía y el tiempo que dediquemos a conocernos, bien valen la pena en el camino de ser mejores personas: tolerantes, comprensivos, inclusivos. Ahora bien, como dice Morín (1999), “todo conocimiento conlleva el riesgo del error y de la ilusión”. Pero eso no debiera detenernos en el camino de autoexplorar nuestros valores e ideas: quien se bloquea por el miedo o incertidumbre, no irá más allá de su zona de confort y poco será lo que pueda aprender o contribuir a los demás. Ya lo decía Roosevelt, “el único límite a nuestras realizaciones de mañana son nuestras dudas de hoy”, así que hagámoslas a un lado. Integremos conscientemente (porque de por sí lo hacemos) la ética en la cotidianidad, en nuestras acciones personales, en nuestro trato a los demás, en la elección de nuestras palabras. Esto implica el ejercicio Zen de “consciencia constante” del que hablaba incesantemente Anthony de Mello (1988) y que sólo con práctica y voluntad puede conseguirse. Quizá pensemos que ponernos atención todo el tiempo es algo desgastante, irrealizable y que es simplemente un ideal interesante poco práctico e inútil. Quizá por ello haya en el mundo, tanta inconsciencia de las repercusiones de nuestros actos y tanta inconsistencia de lo que predicamos, y pretendemos enseñar a las nuevas generaciones, con respecto de nuestras acciones. Sin embargo esa consciencia, esa “capacidad de los seres humanos de vernos y reconocernos a nosotros mismos y de juzgar sobre esa visión y reconocimiento” (Real Academia Española, 2010) puede adquirirse con tanta facilidad o dificultad como decidamos. Autores de todas las épocas, así como disciplinas espirituales y religiosas de orígenes disímbolos, coinciden en que los problemas sólo existen en la mente humana. El budismo nos enseña que “somos lo que somos y estamos donde estamos por lo que hemos puesto en nuestra mente y podemos cambiar lo que somos y el lugar donde estamos si tan sólo cambiamos lo que hemos puesto en ella”. El Talmud insiste en que “las cosas no son como las vemos; las vemos como somos”. Lennon (1967) decía que “es fácil vivir con los ojos cerrados, malinterpretando todo lo que se ve” y Morín (1999) que “nuestra realidad no es otra cosa que nuestra idea de la realidad”.
¿Por qué es importante la ética?
Hay quienes sostienen que todos somos un poco viciosos y locos, por eso Islas (1996) distingue a un ermitaño simplemente como “aquella persona cuyos vicios y locuras no son sociables”. A menos que éste sea nuestro caso y que nuestros defectos no sean tolerados socialmente, impactando nuestra natural inclinación al trato y relación con los demás, estamos inmersos en una sociedad en la que existen reglas y nociones morales en las que debemos enmarcarnos. Así, la ética es la guía para saber cómo conducir nuestras acciones y omisiones en tanto somos seres sociales. Esto lo comparto con Shanks (1997), cuando dice que “la ética pone énfasis en cómo deberíamos actuar en nuestras relaciones interpersonales y debería provocar que nos preguntemos si nuestras acciones son correctas o incorrectas”. Él plantea que, para saber si actuamos éticamente, debemos hacernos cinco preguntas todas las noches antes de dormir: ¿practiqué alguna virtud el día de hoy?, ¿mis acciones fueron benéficas?, ¿traté a la gente con dignidad y con respeto?, ¿fui equitativo y justo con los demás? y, finalmente, ¿mi entorno se vio afectado positivamente porque yo estuve ahí? Quita el sueño, literalmente, el no poder contestar en forma afirmativa ninguna de las cuestiones anteriores. La ética no es concepto místico o académico que sólo aplique en la escuela o en el trabajo. La ética es parte integral de nuestro día desde que nos despertamos hasta que éste termina. Es preguntarnos ¿dejaré encendido el radio a tan alto volumen, mientras desayuno, aunque sé que molesto a los vecinos? ¿llegaré tarde al trabajo porque sé que mi jefe no se presentará hoy? ¿mandaré incompleto los informes porque, de cualquier manera, nadie los va a leer? ¿cederé mi lugar, en el transporte público, a una mujer embarazada? o ¿daré preferencia a los peatones en todos aquellos cruces donde los semáforos parecen conspirar en su contra? ¿informaré en el restaurante que olvidaron cobrarme el ultimo café? ¿fingiré ponerle atención a mi pareja cuando me cuente sobre su día, porque estoy cansado y sólo quiero ver la television, hasta quedarme dormido? La ética, la moral, las virtudes, todo tiene una equivalencia de lo filosófico a lo pragmático. Woodward (1994), hace una traducción moderna de Aristóteles y sus conceptos de las cuatro virtudes. Justicia, es mantener las promesas que hacemos a nuestros hijos; fortaleza, es el coraje no para la guerra sino para hacer lo correcto a pesar de los riesgos, las incomodidades y las críticas; prudencia no es ser frío y calculador, sino hacer la elección correcta en la situación específica; y templanza, por ejemplo, es la moderación al beber si después se ha de conducir un vehículo. No es coincidencia que normas éticas y principios se hayan desarrollado a lo largo de toda nuestra historia, a lo largo de todas las culturas y en todos los contextos. Es la satisfacción a la necesidad de convivir: requerimos parámetros que nos ayuden a frenar nuestras pasiones y apetitos, frecuentemente ingobernables. Nada humano es posible sin referencias que nos constriñan: nada humano es posible en la anarquía (Maldonado, 1956).
Promoviendo la ética en el ámbito familiar
Habiendo establecido que la ética y nuestro comportamiento pertenecen a un mismo conjunto y que hay repercusiones por actuar o no conforme a ella, es pertinente mencionar cómo puede ser promovida en los diferentes ambientes en que nos desenvolvemos. Hay muchas cosas que podemos llevar a cabo en familia para procurar su logro. Y todas las que se me ocurren parten de un principio básico: honestidad. Con nosotros mismos y con los demás. Si alguien llama por teléfono a nuestra casa y no queremos atenderlo, ¿por qué habríamos de pedirle a nuestra hija que mienta diciendo que no estamos? ¿No podríamos pedirle, cuando menos, que comunique que no estamos disponibles en ese momento? Atendiendo al significado estricto del término, no estaríamos mintiendo y si nuestra hija nos pregunta la razón de nuestro argumento podríamos contestarle atendiendo a la verdad. Explicar en familia que si alguien comete un falla o un error lo mejor es comunicarlo, para analizar la situación entre todos y encontrar una solución, lo cual no impedirá que haya consecuencias pero quizá evite que la situación escale hacia algo más complicado. En general, dar buenos ejemplos o cuando menos, dar ejemplos consistentes con lo que expresamos. Enseñamos lo que sabemos (o lo que se nos antoja enseñar) pero sólo contagiamos lo que hacemos. Enseñemos a nuestros hijos las consecuencias de la piratería haciendo que imaginen situaciones como la de un dibujo que hayan hecho y que otro niño presente como suyo y con el que, finalmente, este otro gane un concurso.
Promoviendo la ética en el ámbito profesional
Es díficil actuar éticamente en el trabajo cuando no es algo que hayamos practicado previa y sistemáticamente en familia. Inexorablemente, nuestro actuar en el ámbito profesional es un reflejo del familiar. Suponiendo que contamos con las actitudes y aptitudes necesarias, podemos realizar algunos simples ejercicios. No difundamos a nuestros compañeros de trabajo, información personal que nos haya sido transmitida confidencialmente. No aprovechemos la ausencia de alguien para denostarlo ante algún superior, aún cuando nos convenga por cuestiones de escalafón. No ostentemos la autoría de una idea con respecto a la cual, en su inseguridad, un compañero pidió nuestra opinion antes de proponerla. Si un compañero de la Maestría en el CECTE, por curiosidad o interés, nos pregunta algo relativo a nuestra profesión y realmente desconocemos la respuesta, no inventemos algo con tal de no quedarnos callados o por conseguir su admiración; no aprovechemos su desconocimiento en el área aunque estemos seguros que creerá lo que digamos.
Promoviendo la ética en el ámbito investigativo
Esto empieza desde la primaria y quizá antes. Como docentes seamos coherentes con lo que pedimos y cómo lo calificamos. Respecto a dar crédito por sus ideas a quien lo merezca, practiquémoslo desde la primaria hasta el posgrado, considerando los recursos intelectuales de los estudiantes, según el nivel. A nuestros niños en la primaria, pidamos que nos digan de dónde obtuvieron la información para resolver la tarea. Y no hablo de que escriban una cita formal, sino simplemente que nos contesten si lo copiaron de internet, de la estampa de la papelería, si usaron una enciclopedia o si le preguntaron a sus papás. En la secundaria pidamos, cuando menos, que incluyan al final del trabajo la dirección electrónica de donde copiaron la tarea y pidamos que cada quién consulte direcciones diferentes. En la prepa empecemos a ser estrictos en que incluyan todos los datos para poder regresar a la fuente que usaron, siendo flexibles y permitiéndoles que usen un estilo de citación cualquiera, canónico o no, siempre y cuando sean consistentes con el que decidan usar o con el que inventen. A partir de la universidad exijamos citas formales y apliquemos correctivos ante el plagio. Con toda una vida escolar de práctica, evitaremos que situaciones de plagio científico, como las que menciona Rojas Soriano (1992) sean el pan nuestro de cada día. Como autor y coautor de artículos científicos internacionales indexados, me ha tocado vivir la decepción no ver mi nombre en la lista de referencias cuando un colega ha “olvidado” incluir mi trabajo, aún cuando evidentemente ha partido de mis resultados o conclusiones. A la decepción le sumo las potenciales consecuencias que esto me traerá en el Sistema Nacional de Investigadores, donde cada cita, cuenta. Hagamos obligatorios cursos de ética en todas las carreras técnicas o profesionales. Para el caso de la Maestría en el CECTE y particularmente en este módulo de investigación, no copiemos las ideas que los compañeros publican en sus blog’s, citémoslos si algo de ellos incluimos y, obviamente, demos el crédito a tantas y tantas personas e instituciones, hayamos consultado para elaborar un ensayo.
Conclusión
Finalmente, es mi idea que la ética y el actuar médico tienen algo en común. No siempre las decisiones tomadas en estos dos ámbitos ayudan a los demás, pero eso no importa tanto porque, estoy convencido, ese no es su único fin: lo importante, es no hacer daño.
Referencias
De Mello, A. (1988). One minute wisdom. The Doubleday Religious Publishing Group. London.
Islas, C. (1996). El de en medio: pequeño Mamutsse y lustrado. Editora del Gobierno del Estado de Veracruz-Llave. México.
Lennon, J. (1967). Strawberry fields forever. Albúm Magical Mystery Tour. Capitol records. London.
Maldonado, A. (1956). La génesis espontánea del derecho y la unidad social, Revista de la Facultad de Derecho, UNAM, t. VI, núm. 23, julio-septiembre, p. 13. México.
Morín, E. (1999). Les sept savoirs nécessaires à l’éducation du future. Paris, UNESCO. Recuperado el 13 de junio de 2010 de http://www.agora21.org/unesco/7savoirs/
Real Academia Española (2010). Consciencia. Diccionario de la Lengua Española. 22 Ed.
Rojas Soriano, R. (1992). Formación de investigadores educativos. Ed. Plaza y Valdés, México.
Shanks, T. (1997). Morality requires regular reflection on the day-to-day decisions that confront us. Issues in Ethics. Markkula Center for Applied Ethics. Santa Clara University. Vol. 8. Issue 1. USA.
Woodward, K.L. (1994) What is virtue? Newsweek. June 13. p. 38. USA.
Saturday, 19 June 2010
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